Amar sin perderse, cuando las relaciones duelen más de lo que nutren

Por Vanessa Miescher, Psicóloga Clínica Cognitivo Conductual

¿Alguna vez te pasó estar en una relación y sentir que tenías que pensarlo todo dos veces? ¿borrar mensajes antes de enviarlos, porque “capaz suena muy intenso”? ¿empezar a hacer cosas solo para mantener al otro contento, aunque tú estuvieras cansado o incómodo? Si algo de esto te resuena, no estás sola/solo. Y lo más importante, amar no debería doler.

Muchos crecimos con ideas sobre el amor que suenan nobles, pero que en realidad nos condicionan, de miras si la dijiste o la escuchaste,  “si de verdad me quiere nunca me va a dejar”, “tengo que esforzarme constantemente para que no se canse de mí”, “el amor verdadero es sacrificio” .Y entonces,  sin darnos cuenta, empezamos a ceder,  a decir que sí, cuando queremos decir que no,  reímos cuando en realidad algo nos duele por dentro. Empezamos a cambiar aspectos de nosotros mismos, para “no molestar”, calzar o poder resistir el rechazo. Es como estar en una fiesta y apagar tu música, para que el otro no se vaya, solo que después de un tiempo, ya no sabes si estás en silencio o si te perdiste a ti misma/mismo.

Esa necesidad de aferrarse al otro no siempre es obvia, puede disfrazarse de amor intenso, de compromiso y de lealtad. Sabes hay señales, por ejemplo, piensas todo tres veces antes de decirlo,escribes un mensaje, lo borras, lo vuelves a escribir, quieres decir algo, pero te frenas. “¿y si suena mal?”, “¿y si se lo toma a pecho?”. Vives midiendo cada palabra, cada gesto, cada opinión, como si hubiera una versión incorrecta de ti que podría hacer que todo se derrumbe. Sabes, tu vida se fue haciendo chiquita, comenzo el cambio,  y recuerdas aquel taller que tanto te gustaba, las salidas con tus amigos/amigas, esa actividad que te hacía sentir vivo, todo fue quedando atrás. Tal vez, nadie te lo pidió directamente, simplemente empezaste a priorizar la relación y de a poco tu mundo se redujo a esa persona.

Sin darte cuenta, tu día depende del humor del otro, si te responde rápido respiras tranquilo,  si tarda empiezas a pensar “¿hice algo mal?”, “¿está enojado conmigo?”, si está feliz, tú estás bien, si está distante tu mundo interno colapsa. En este punto, tu estabilidad emocional está completamente atada, a cómo se encuentra la pareja. Sientes que caminas pisando vidrios, evitas hablar de ciertos temas de manera consciente, dejas de expresar tus necesidades, deseos y sueños,  te guardas las cosas que te molestan. La relación, se torna frágil, como si un comentario equivocado pudiera romperlo todo, entonces no dices nada más, evitas, te tragas lo que sientes.

Nos enseñaron que amar es renunciar, el pensar en ti mismo/misma es egoísmo,  si pones  límites estás alejando a la pareja. Esta es la idea del “amor como sacrificio” está tan metida en nuestra cultura que casi ni la cuestionamos. Durante siglos, especialmente para las mujeres, el amor se igualó con entregarse completamente. Las historias románticas glorificaban el sufrimiento por amor, la espera infinita, el sacrificio silencioso. Películas, canciones, novelas, todo nos contaba que el “amor verdadero”, significaba estar dispuesto a dejarlo todo.

Esta frase es muy conocida y a la vez mal interpretada,  “el amor es paciente” se interpreta como “tienes que aguantar todo”, “por amor todo se puede” se traduce en “no importa qué te hagan, tienes que quedarte”, “el amor vence todo” se entiende como “si te esfuerzas lo suficiente cualquier relación puede funcionar”.  Aparece en la vida de formas muy concretas, dejando de lado tu tiempo personal, comienzas a sentir culpa por dedicar te un fin de semana. Como si el tiempo invertido en ti fuera tiempo “robado” a la relación, sin ir a los extremos, lo ideal es un equilibrio sano.  

Aprendiste a ceder por amor, no porque genuinamente no tengas tus propias preferencias, crees que es flexibilidad,  sin aceptar que escondes tu propia voz una y otra vez. Toleras cosas que te incomodan profundamente, revisiones constantes del celular que justificas con “es que está inseguro”, aún comentarios hirientes disfrazados de “bromas”, que toleras porque “tiene ese humor”.

El sacrificio constantemente no garantiza para nada que el amor dure, en realidad puede destruirlo, al acumular el enojo. Aunque, conscientemente creas que “lo hago por amor”, tu cuerpo y tu mente llevan la cuenta. Cada vez que dices que sí, cuando en realidad querías decir que no, cada vez que te tragas la incomodidad, se va acumulando algo. Al principio no lo notas, después es una irritabilidad que no sabes de dónde viene, y eventualmente puedes encontrarte sintiendo un enojo y resentimiento profundo hacia esa persona que “amas tanto”.

Dejas de ser tú, cuando pasas tanto tiempo adaptándote, midiendo lo que dices y haces, eventualmente pierdes contacto con quién eres realmente. Y entonces surge una pregunta aterradora, ¿me ama a mí o ama a la versión adaptada que le muestro? En toda relación donde una persona renuncia todo el tiempo y la otra recibe constantemente sin dar nada a cambio, se crea un desequilibrio. Una persona aprende que sus necesidades son lo más importante, y la otra aprende que para mantener el amor debe quedarse callada, chiquita, adaptable. Vivir renunciando constantemente es agotador, es sostener una actuación permanente. Además, es cargar con tus propias necesidades no expresadas,  mientras atiendes de la pareja.

Este sacrificio constante tiene un costo,  no lo pagas solo tú, sino la relación, al perderse la  conexión real. Las constantes complacencias, no permite que te conozcan realmente. Se podría decir que la relación es una versión editada, filtrada, adaptada.  Impide la intimidad verdadera a largo plazo. 

Puede que, al principio estás disponible siempre, nunca dices que no, siempre te adaptas, estás estableciendo algo que eventualmente no vas a poder sostener. El momento inevitablemente llegará en que empieces a mostrar necesidades propias, la otra persona puede vivirlo como que algo cambió. Le enseñas al otro a no considerarte, cuando nunca expresas incomodidad, nunca dices que algo te molesta, nunca marcas un límite, sin querer le estás enseñando a la otra persona que no hace falta pensarte.

No se trata de volverse cerrado o egoísta, se trata de reconocer que el amor funcional se construye desde sentirse completo, no desde sentirse vacío. De estar con alguien porque suma a tu vida, no porque sin esa persona sientas que no eres nada. Estos patrones no son fallos tuyos, son formas de relacionarse que se aprendieron en algún momento, probablemente como formas de sobrevivir emocionalmente, y como todo lo que se aprende, puede revisarse y cambiar.

Cuando los patrones se repiten en las relaciones, cuando surge una sensación persistente de perderse en los vínculos y el malestar empieza a afectar otras áreas de la vida, es momento de considerar buscar ayuda profesional. La terapia es un espacio seguro, confidencial y libre de juicios donde se abordan estos ciclos con enfoques psicológicos respaldados por la ciencia, como la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) y las terapias contextuales. Es posible explorar los patrones que se repiten, comprender su origen y descubrir nuevas formas de vincularse sin perder la identidad. Se trata de acompañar un proceso de autoconocimiento donde desarrollas maneras de vincularse que no te agoten. 

Si este artículo resonó contigo y reconoces aspectos que deseas comprender más a fondo, un espacio terapéutico puede ser el lugar donde comienza el reencuentro contigo mismo.

 Saludos

Vanessa

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