Cuando la ansiedad toma el control, el día que dejó de ser “solo cansancio”

Por Vanessa Miescher, Psicóloga Clínica

Hay días en los que despiertas y sientes que algo no está bien. No es dolor, no es tristeza exactamente, es algo más sutil, más insidioso. Una sensación de peso invisible que te acompaña desde que abres los ojos, y quedas en alerta.

Soy psicóloga clínica, y hoy no vengo a ofrecerte fórmulas mágicas ni soluciones instantáneas. Vengo a hablar de algo que quizá te resuene más de lo que te gustaría admitir, cómo la ansiedad se instaló en tu vida, sin anunciarse, sin pedir permiso, y cómo pudo tomar el control sin que te dieras cuenta.

La ansiedad no siempre llega como un ataque de pánico espectacular,  además, no siempre es una crisis que se ve desde afuera. Muchas veces se percibe como un murmullo, ese ruido constante en el fondo de todo lo que haces. Se siente en el cuerpo como una presión en el pecho que aparece y desaparece, creando tensión muscular que no sabes cómo explicar.

Quizás te ha pasado que despertaste, con más cansancio que el día anterior. Y comienzas a reaccionar exageradamente ante pequeñeces. Y por dentro, siempre ese presentimiento de que algo está por salir mal, aunque revisas tu vida y concluyes que todo “está bien”. Es esa sensación de estar en constante preparación para una catástrofe, que en realidad nunca llega, tu mente y tu cuerpo se confabulan insistiendo en anticiparla. 

Seguido, revisas el celular, escuchas y lees obsesivamente esperando las malas noticias. Comienzas a postergar esa llamada importante, porque de solo pensarla te acelera el corazón., permaneces en vigilia hasta las 3 de la mañana, repasando conversaciones, problemas, situaciones que tuviste hace semanas, buscando errores, soluciones y respuestas y terminas juzgándote. La verdad es esta, la ansiedad no siempre grita. Ella hace ruido y susurra, y así 

En realidad la ansiedad es parte natural de la vida humana, es nuestra alarma interna, ese sistema ancestral que nos protege. Un mecanismo diseñado para activarse ante amenazas inmediatas y  concretas, por ejemplo de un depredador, una situación de riesgo real, un peligro tangible.

El problema radica, en que nuestro cerebro no siempre distingue entre una amenaza real y una imaginada, no logra diferenciar entre un peligro físico como un león, o la posibilidad de ser juzgado por un e-mail sin responder. ¿Qué pasa cuando esa alarma suena todo el tiempo? Sin  un incendio, ni amenaza real, que el sistema de emergencia, simplemente no se apaga. Así que, tu cuerpo reacciona como si estuvieras en peligro mientras tomas un café, revisas e-mails o intentas dormir.

Aquí, la ansiedad queda encendida permanentemente, robando tu energía, tu capacidad de concentración, tus ganas de vivir. Te arranca del presente y te mete en un futuro imaginario lleno de “¿y si pasa esto?” y “¿y si sale mal aquello?”. Vivir con la alarma siempre activada es agotador. Es como, correr una maratón que nunca termina. El día a día se convierte en un esfuerzo titánico, por aparentar normalidad mientras por dentro todo se siente caótico.

La ansiedad se disfraza, y la sientes cuando,  ¿no logras dormir bien hace meses? ¿te enojas por cualquier cosa? ¿sientes que necesitas tener todo bajo control absoluto o tu mundo entero se va a derrumbar?

La ansiedad generalizada no siempre se presenta como un ataque de pánico, puede ser mucho más sofisticada y creativa, se camufla detrás de comportamientos que parecen razonables y nobles, se hacen pasar por perfeccionismo, “si no lo hago perfecto va a ser un desastre”. Te das cuenta cuando revisas tu trabajo una y otra vez, sin satisfacción plena con el resultado. Aquí, te paralizas antes de empezar proyectos, porque la sola idea de no hacerlo impecablemente te abruma.

Se disfraza de insomnio, “no puedo apagar mi cabeza”, pasas horas en la cama con el cuerpo exhausto y la mente acelerada, repasas listas mentales, preocupaciones, escenarios hipotéticos, y el sueño se vuelve un lujo inalcanzable. Aparece como irritabilidad crónica, “todo me molesta últimamente”, las pequeñas cosas que antes no te afectaban ahora te hacen explotar, se te agota la paciencia.

Se muestra como necesidad obsesiva de control, “tengo que planificar cada detalle o algo va a salir mal”, la incertidumbre  te acompaña y se vuelve insoportable,planificas cada contingencia e intentas predecir cada posible problema.

Se manifiesta como síntomas físicos sin explicación médica, dolores de cabeza frecuentes, problemas digestivos, tensión muscular crónica, fatiga constante. Visitas médicos buscando respuestas, pero los estudios salen “normales”,  lo que nadie te dice es que tu cuerpo está expresando lo que tu mente no puede procesar.

Se instala en el día a día como un huésped silencioso que termina dandote ordenes para todo, qué se hace, qué se evita, qué se siente, cómo nos relacionamos, si es que nos relacionamos. Empiezas a reorganizar la vida entera, para evitar que “algo malo” suceda, sin poder definir siquiera qué es exactamente ese algo.

Lo más duro de vivir con un trastorno de ansiedad no es necesariamente lo que se siente. Es la creencia de estar exagerando. La vergüenza de no poder “simplemente controlarse”. El tener que escuchar ,”pero si no te pasa nada grave”, cuando por dentro se siente incertidrumbre que te derrumba.

Es ver a otros moverse por la vida con una liviandad, que para ti parece imposible y preguntarte qué está mal conmigo.  ¿Por qué ellos pueden manejar situaciones a mi me paralizan? ¿por qué lo que a los otros les resulta simple, a mi me cuesta tanto?

Si lo se, es sentirse solo/sola, incluso cuando estas rodeado de gente, pareciera que nadie parece realmente comprender lo que estás atravesando. Es sonreír y decir “estoy bien” cuando alguien pregunta, no van a entender el porqué, ni  explicar la complejidad de lo que sientes, es cada vez mas difícil casi imposible.

Acá va ,una verdad que necesita ser leída, pausada y releída, sentir ansiedad no significa estar roto, significa que el sistema está saturado. Estás haciendo lo mejor posible con las herramientas disponibles, tu cuerpo y tu mente solo están tratando desesperadamente de cuidarte de la única forma que conocen.

Tu ansiedad no es un defecto de carácter, ni es debilidad, tampoco es algo que deberías poder “superar” con fuerza de voluntad solamente. Es una respuesta comprensible a circunstancias que sobrepasaron tu capacidad de enfrentar las dificultades de la vida.

¿Y si la ansiedad intentara decir algo? ¿qué pasaría si en lugar de seguir luchando contra la ansiedad como si fuera un enemigo que hay que destruir, te dieras el permiso de escucharla? La ansiedad no habla en palabras, nos habla en sensaciones, tensión muscular, cansancio inexplicable, impulso de huir de situaciones que en realidad no son peligrosas.

Si la escuchas con atención, sin juzgarla, quizás te cuente algo importante. Tal vez hable de límites que no estas poniendo, de necesidades que estas ignorando,  de cargas que llevas  demasiado tiempo,  y de expectativas imposibles que nos puedes o que te asignaron..

Recuperarse de la ansiedad no es un proceso lineal, ni existe un botón mágico que la apague de un día para otro. Pero,  sí hay caminos probados y respaldados por evidencia que pueden ayudarte a recuperar terreno.

Cuándo buscar ayuda profesional

Si la ansiedad está ocupando demasiado espacio en tu vida, si tomó el volante y ya no sabes cómo recuperar el control, quiero que sepas algo. La terapia cognitivo conductual puede ser ese lugar donde finalmente bajas la guardia.

En terapia vas a aprender a identificar los patrones de pensamiento que alimentan tu ansiedad, a descubrir cómo tus comportamientos, aunque buscan protegerte, aunque mantienen el problema activo. Podrás desarrollar herramientas concretas, técnicas que puedes usar en tu día a día. No son teorías abstractas, son estrategias prácticas basadas en investigación científica que han demostrado efectividad.

Este espacio terapéutico, puede ser el lugar donde comiences el reencuentro contigo misma/mismo. Nos vemos en consulta.

Saludos

Vanessa

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